Recuerdo
que fue en otoño, siendo aun niño. Mi padre me llamó y me llevó a la huerta.
Mira me dijo, señalando una hoja de berza, esa hoja arrugada que daba de comer
a los conejos. Maravilloso dije para mí, mientras sonreía con mi padre,
admirando esa minúscula porción de agua, que engañando a la física se mantenía
cohesionada sobre la verde superficie. Las manos rugosas de mi padre, como esa
hoja de col, sobre mi hombro, supuso uno de los gestos que jamás olvidaré. Recién
amanecía, y esa de luz de primicia y el frío de la mañana hacían más sentido el
cuadro. Esa gota, esa minúscula gota que resistía escondida en los pliegues de
la hoja, fue una de mis primeras lecciones: la vida es eso, nada más que eso.
Pequeños gestos.
La colmena
viernes, 20 de mayo de 2016
Frío
Llegó
el otoño. Y con la caída de las hojas, los primeros fríos. Ya no era un
jovencito. El frío, que antaño secaba los labios y los ojos, ahora calaba hasta
los huesos. Y cuando el frío entraba, era difícil de hacerlo salir. Para colmo
de males, el gas aumentaba. No era suficiente el arroparse, ahora había que
encender la estufa. Y lo que antes mantenía vivos y calientes a sus parientes
primates, el andar en busca del sustento, ahora era reemplazado por el
sedentarismo y la visita al mercado. Tal vez alguna bebida blanca de cuando en
cuando ayudaba un poco. Pero el frío seguía allí. Y empeoraba cuando la humedad
brotaba de las grietas.
Siete, ocho lineas, no más
No
hace falta mucho para narrar lo poco. El barroquismo, chapuza monumental, solo
le es dado a los obesos y a los obsesos. Pantagruélica bufonada del exceso, lo
mínimo es inevitable cuando solo nos queda el polvo de los huesos. Por eso:
siete, ocho líneas… ¿para qué más? Si bien son miles, las abejas redundan en la
miel empalagosa de una colmena. La tríada polen-néctar-miel no supera las limitaciones de un triángulo. De la colmena a la flor, y de esta a la colmena.
No es difícil y nadie pretendió que lo fuera. La belleza es así. Un dibujo a
mano alzada, sin presupuestos ni ensayos: la vida en un acto, en un mínimo
gesto. Y a veces resulta tan empalagosa.
Sin salud y sin ideas
Vaya,
vaya. La vida se le desmorona frente al espejo. Los pliegues de su piel, las
cejas y el cabello ausentes de su cara le devuelven la imagen de lo que será
en, tal vez, unos meses. Su cuerpo ya frío e inerte no diferirá de lo que hoy
ve. Como bufón de la comedia sacra, es a la vez actor y espectador, guionista y
acomodador. El teatro de la vida no le ha dado muchas chances de mejorar su
papel. En su caso, todo es historia. No hay proyección, ni mañana. Solo perpetuación
del dolor. Los médicos, pulcramente, le mutilarán su apetitos de supervivencia.
Nada hay que no duela. La vida misma es un desaliento. Ya llega el fin.
miércoles, 18 de mayo de 2016
Problema
Un
tipo desocupado es un tipo con un gran problema. El menor de ellos es el no tener
una ocupación rentada. El mayor: convivir con una suerte de tiña, o una especie
de lepra social, que hace que sus otrora amigos, parientes y conocidos rehuyan de
él como si su peste fuera contagiosa. No volverá a la normalidad hasta tanto
tenga trabajo. Mientras tanto nadie se le acercará, por las dudas que se
transforme en un problema. Solo, tal vez, compartirá sus cuitas con alguien
como él. En una actitud vergonzante, que lo hace merodear por la vida como un
paria indio, esperará, o en el mejor de los casos actuará, hasta que la suerte
deje de serle esquiva.
Miseria, misericordia
Comparten raíz, y lo comparten todo.
La virtud cristina nos habla de la compasión, de la inclinación a ayudar a los desvalidos.
Mentira. Misericordia no es más que llevar la miseria en el corazón mismo. Es
la negación del otro por la vía de ignorar cualquier tipo de circunstancia que
no sea la de llevar tranquilidad a nuestras almas mediante el acto reflejo de
la caridad. De una caridad negadora de toda justicia. La justicia no necesita
misericordia, la justicia no necesita redención. La justicia necesita
responsabilidad y la responsabilidad necesita de hacernos cargo de lo que
somos, y de nuestros actos.
La colmena
Quisiera desarrollar la idea de que el hombre sano no tiene ideas. A veces pienso que las ideas religiosas, morales, sociales, políticas, no son sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso. Está todavía lejano el tiempo en que se sepa que el apóstol y el iluminado son carne de manicomio, insomne y temblorosa flor de la debilidad. La historia, la indefectible historia, va a contrapelo de las ideas. O al margen de ellas. Para hacer la historia se precisa no tener ideas, como para hacer dinero es necesario no tener escrúpulos. Las ideas y los escrúpulos -para el hombre acosado: aquel que llega a sonreír con el amargo rictus del triunfador- son una rémora. La historia es como la circulación de la sangre o como la digestión de los alimentos. Las arterias y el estómago, por donde corre y en el que se cuece la sustancia histórica, son de duro y frío pedernal. Las ideas son un atavismo -algún día se reconocerá-, jamás una cultura y menos aún una tradición.
Camilo José Cela
Nota a la tercera edición de "La colmena", 1957
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