Vaya,
vaya. La vida se le desmorona frente al espejo. Los pliegues de su piel, las
cejas y el cabello ausentes de su cara le devuelven la imagen de lo que será
en, tal vez, unos meses. Su cuerpo ya frío e inerte no diferirá de lo que hoy
ve. Como bufón de la comedia sacra, es a la vez actor y espectador, guionista y
acomodador. El teatro de la vida no le ha dado muchas chances de mejorar su
papel. En su caso, todo es historia. No hay proyección, ni mañana. Solo perpetuación
del dolor. Los médicos, pulcramente, le mutilarán su apetitos de supervivencia.
Nada hay que no duela. La vida misma es un desaliento. Ya llega el fin.
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