viernes, 20 de mayo de 2016

La gota de agua en la hoja de berza

Recuerdo que fue en otoño, siendo aun niño. Mi padre me llamó y me llevó a la huerta. Mira me dijo, señalando una hoja de berza, esa hoja arrugada que daba de comer a los conejos. Maravilloso dije para mí, mientras sonreía con mi padre, admirando esa minúscula porción de agua, que engañando a la física se mantenía cohesionada sobre la verde superficie. Las manos rugosas de mi padre, como esa hoja de col, sobre mi hombro, supuso uno de los gestos que jamás olvidaré. Recién amanecía, y esa de luz de primicia y el frío de la mañana hacían más sentido el cuadro. Esa gota, esa minúscula gota que resistía escondida en los pliegues de la hoja, fue una de mis primeras lecciones: la vida es eso, nada más que eso. Pequeños gestos.

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