Recuerdo
que fue en otoño, siendo aun niño. Mi padre me llamó y me llevó a la huerta.
Mira me dijo, señalando una hoja de berza, esa hoja arrugada que daba de comer
a los conejos. Maravilloso dije para mí, mientras sonreía con mi padre,
admirando esa minúscula porción de agua, que engañando a la física se mantenía
cohesionada sobre la verde superficie. Las manos rugosas de mi padre, como esa
hoja de col, sobre mi hombro, supuso uno de los gestos que jamás olvidaré. Recién
amanecía, y esa de luz de primicia y el frío de la mañana hacían más sentido el
cuadro. Esa gota, esa minúscula gota que resistía escondida en los pliegues de
la hoja, fue una de mis primeras lecciones: la vida es eso, nada más que eso.
Pequeños gestos.
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