Llegó
el otoño. Y con la caída de las hojas, los primeros fríos. Ya no era un
jovencito. El frío, que antaño secaba los labios y los ojos, ahora calaba hasta
los huesos. Y cuando el frío entraba, era difícil de hacerlo salir. Para colmo
de males, el gas aumentaba. No era suficiente el arroparse, ahora había que
encender la estufa. Y lo que antes mantenía vivos y calientes a sus parientes
primates, el andar en busca del sustento, ahora era reemplazado por el
sedentarismo y la visita al mercado. Tal vez alguna bebida blanca de cuando en
cuando ayudaba un poco. Pero el frío seguía allí. Y empeoraba cuando la humedad
brotaba de las grietas.
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